

Era el primer día de clases. María entró al salón con su mochila nueva. Vio a una niña sentada sola. "Hola, me llamo María", dijo sonriendo. "Yo soy Sofia", respondió la niña. "¿Quieres ser mi amiga?" preguntó María. Sofia asintió feliz. Las dos niñas compartieron sus crayones y dibujaron juntas. Durante el recreo, jugaron en los columpios. "Eres muy divertida", dijo Sofia riendo. "Tú también", respondió María. Desde ese día, fueron inseparables en la escuela.

Pasaron los años y María y Sofia seguían siendo amigas. Estudiaron juntas en la secundaria. Se ayudaban con la tarea. "Gracias por explicarme matemáticas", decía María. "Para eso están las amigas", respondía Sofia. Compartían secretos y sueños. "Algún día tendremos familias", decía Sofia. "Y nuestros hijos serán amigos también", agregaba María. Se graduaron juntas, lanzando sus gorros al aire. "Lo logramos", gritaron abrazándose. Su amistad era más fuerte que nunca. Prometieron nunca separarse.

María tuvo una hija llamada Elena. Sofia tuvo una hija llamada Luna. Las niñas se conocieron cuando eran bebés. "Mira, Elena, esta es Luna", dijo María. Las familias pasaban tiempo juntas cada semana. Elena y Luna jugaban en el parque. "Eres mi mejor amiga", le decía Luna a Elena. "Y tú eres la mía", respondía Elena. Compartían juguetes y risas. Las mamás las observaban felices. "Igual que nosotras", decía Sofia sonriendo. "Es hermoso", agregaba María. La amistad continuaba en la nueva generación.

Un día soleado, las cuatro fueron al parque. Elena y Luna jugaban cerca del lago. "Mamá, ¿siempre serán amigas?" preguntó Elena. "Siempre", respondió María. Sofia tomó la mano de María. "Prometimos ser amigas para siempre", dijo. Las niñas escucharon atentas. "¿Podemos prometer eso también?" preguntó Luna. "Por supuesto", dijeron las mamás. Elena y Luna juntaron sus manos. "Amigas para siempre", dijeron juntas. Las cuatro se abrazaron bajo el sol. La amistad era su tesoro más valioso.