
El gimnasio olía a goma y palomitas. Tomás se amarró las agujetas de sus tenis. La Abuela estaba sentada en las gradas con su suéter morado. Ella le hizo señas con la mano. Tomás sonrió. Su corazón latía rápido. Era su primer partido de básquetbol. Los otros niños corrían por la cancha. El entrenador gritaba nombres. Tomás se paró y caminó hacia su equipo.

Tomás rebotó la pelota tres veces. Sus manos sudaban un poco. Miró su muñeca. Ahí estaba el número cinco y una pequeña T que había escrito con marcador negro. Nadie más lo sabía. Era solo para él. El entrenador tocó su silbato. —¡A formar!— gritó. Tomás corrió a la línea con los demás.

Los jugadores se sentaron en la banca. El locutor encendió el micrófono. Se escuchó un clic fuerte. —Buenas tardes— dijo el locutor. Su voz llenó todo el gimnasio. Tomás se enderezó. Iban a decir los nombres del equipo. La Abuela dejó de hablar con la señora de al lado. Ella siempre escuchaba cuando decían su nombre.

—Para los Halcones: número cinco, Thomas Medina Reyes— dijo el locutor. Tomás se quedó quieto. Thomas. No Tomás. Thomas, como si fuera diferente. Los otros niños aplaudieron. El entrenador le dio una palmada en la espalda. —¡Vamos, Thomas!— dijo. Tomás corrió a la cancha. No miró a su abuela. No dijo nada.

El árbitro lanzó la pelota al aire. El partido comenzó. Tomás corrió de un lado a otro. Alguien le pasó la pelota. Él la pasó rápido a otro jugador. Sus piernas se sentían pesadas. Thomas. La palabra seguía en su cabeza. Rebotaba como la pelota. El otro equipo anotó. Tomás apretó los puños.

El entrenador les dio agua. Tomás bebió sin mirar a nadie. Tocó la T en su muñeca con el pulgar. El marcador negro ya estaba un poco borroso por el sudor. —¡Buen trabajo, Thomas!— dijo un niño de su equipo. Tomás asintió. En las gradas, la Abuela lo observaba. Ella no gritaba como las otras personas. Solo miraba.

Tomás jugó mejor en la segunda mitad. Robó la pelota una vez. Pasó a un compañero que anotó. El gimnasio gritó. Pero algo pesado seguía en su pecho. Cada vez que el entrenador gritaba Thomas, Tomás sentía que era otra persona. Cuando terminó el partido, los equipos chocaron las manos. Tomás caminó despacio hacia las gradas.

La Abuela lo esperaba con su bolsa. Le dio su chamarra. —Buen partido— dijo ella. Tomás se encogió de hombros. —Más o menos. Caminaron hacia el estacionamiento. La Abuela no dijo nada más por un rato. Tomás pateó una piedrita. Ella lo miraba de reojo. —¿Tienes hambre?— preguntó. —Un poco— dijo Tomás.

Se subieron al carro viejo de la Abuela. Ella prendió el motor pero no manejó todavía. —¿Qué pasó allá adentro?— preguntó. Tomás miró por la ventana. —Nada. Jugamos. La Abuela esperó. Ella era buena para esperar. —Ganamos por tres puntos— dijo Tomás. —Sí— dijo ella. —Te vi correr. Pero no era silencio tranquilo. Tomás lo sabía.

—¿Escuchaste cuando dijeron los nombres?— preguntó la Abuela. Tomás no contestó inmediatamente. Se quitó un zapato. Se lo volvió a poner. —Sí— dijo al fin. —¿Y?— La voz de ella era suave. —Dijeron Thomas. Tomás miró sus manos. —¿Y tú qué hiciste?— preguntó la Abuela. —Nada— dijo Tomás. —Corrí. La Abuela asintió despacio.

—¿Querías decir algo?— preguntó ella. Tomás lo pensó. No estaba seguro. Sí. No. Tal vez. —No sé— dijo. La Abuela puso una mano en el volante. —¿Y ahora?— preguntó. —Todavía no sé— dijo Tomás. Ella no dijo que estaba bien o que estaba mal. No dijo qué debía hacer. Solo arrancó el carro. Tomás sintió algo flojo en su pecho. No era una respuesta. Era algo diferente.

Manejaron en silencio por unas cuadras. Las luces de la calle pasaban por la ventana. Tomás miró su muñeca. La T todavía estaba ahí. Pequeña. Negra. Un poco borrosa pero clara. La tocó con su otro dedo. La Abuela no preguntó qué era. Tomás cerró la mano. Abrió la mano. La T seguía ahí.
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