

Emmanuel caminaba cerca de su casa cuando escuchó un suave chillido. Al mirar hacia un arbusto, encontró una pequeña Loris de ojos grandes y mirada triste. "Hola, pequeñita, ¿estás perdida?" preguntó Emmanuel. Loris tembló, pero se sintió curiosa. Emmanuel decidió llevarla a su casa para cuidarla. Así empezó su nueva amistad.

Emmanuel preparó una caja suave con hojas para Loris en su habitación. "Aquí estarás segura y nadie te hará daño", le prometió. Loris miró toda asombrada: no entendía las lámparas ni los juguetes. Emmanuel le mostró su peluche favorito. "Esto es un amigo blandito", explicó él. Loris sonrió por primera vez.

Esa tarde, Emmanuel enseñó palabras nuevas a Loris: "mesa", "luz", "ventana". Loris intentaba repetirlas con un suave chillido, haciendo reír a Emmanuel. "¡Muy bien, Loris!", aplaudió el niño. Jugaron a esconderse bajo la mesa riendo juntos. Cada palabra era una aventura divertida. Emmanuel se sintió orgulloso de su pequeña amiga.

Una noche, Emmanuel escuchó ruidos y temió que los cazadores buscaran a Loris. "No te preocupes, te protegeré siempre", le susurró al oído. Loris se acurrucó a su lado, sintiéndose protegida. Al amanecer, ambos despertaron con una sonrisa. Juntos, aprendieron que la amistad hace fuerte el corazón. Nada los separaría y él la protegería hasta llevarla de nuevo a su hábitat.