

Mi abuelo extendió un mapa grande sobre la mesa. «Mira, este es nuestro país», dijo sonriendo. Yo toqué los colores: verde, azul, café. «¿Qué significan las líneas?», pregunté. «Son ríos y montañas. Pero hay algo más importante», respondió. «¿Qué cosa?», insistí con curiosidad. Mi abuelo puso su mano sobre la mía. «Aquí está escrita nuestra historia, la de todos los que han vivido en esta tierra». Sus ojos brillaban. Yo no entendía todo, pero sentí que ese mapa era especial.

«En el Caribe viven los bribri y los cabécares», explicó mi abuelo señalando el mapa. «Ellos conocen cada planta de la selva». «¿Todas?», pregunté asombrado. «Todas. Saben cuáles curan y cuáles alimentan». Cerré los ojos e imaginé la selva verde y húmeda. «Esa sabiduría ha pasado de abuelos a nietos por siglos», continuó. «¿Como tú me enseñas a mí?», sonreí. Mi abuelo asintió. «Exactamente. Ellos cuidan la tierra y la tierra los cuida a ellos».

«Aquí, en el Pacífico Norte, vivían los chorotegas», dijo mi abuelo. Señaló dibujos de vasijas hermosas en un libro. «¡Qué lindas!», exclamé. «Cada diseño tiene un significado especial. Ellos trabajaban la cerámica con gran habilidad». Toqué las imágenes con cuidado. «¿Todavía hacen estas vasijas?», pregunté. «Sus descendientes mantienen vivas esas tradiciones», respondió sonriendo. «Construían poblados y vivían en armonía con la naturaleza». Yo quería conocer más sobre esos artistas antiguos.

«También están los huetares, los borucas y los ngäbes», continuó mi abuelo. «Cada pueblo tiene su propia lengua y costumbres». Recorrí el mapa con mi dedo. «Son muchos», dije maravillado. «Sí, y todos son parte de nuestra historia. Ellos fueron los primeros en cuidar esta tierra». Abracé a mi abuelo. «Ahora entiendo por qué este mapa es especial». Él me besó la frente. «Porque somos la suma de todas estas raíces, de todas estas voces». Guardé el mapa con cariño.