

Era 26 de enero y la ciudad despertó radiante. Luz María, de cabello negro medio, sintió un brillo tibio en su corazón. “Hoy compartiré mi luz”, dijo. Corrió afuera, y el día cantó.

Al caminar, descubrió que su sonrisa encendía colores en las paredes. “¿De dónde vienes, luz bonita?”, susurró. El viento respondió con un silbido alegre. Ella giró, riendo, y las sombras bailaron.

Luz María buscó ventanas opacas y les regaló destellos. “Gracias”, murmuró la gente al sentir calorcito. Ella levantó un espejo, reflejando esperanza. Caminó despacio, y las calles se llenaron de sonrisas.

Encontró un pasaje oscuro y respiró profundo. “No tengan miedo, solo vengo a iluminar”, dijo. Encendió un farol pequeño. La luz tocó las paredes, y el pasaje se volvió camino amable.

En la escuela, su brillo hizo más claras las letras. “Leamos juntos”, invitó Luz María. Alguien respondió: “¡Sí!”. Las páginas parecieron cantar, y el recreo llegó con juegos más alegres.

Esa tarde, escribió notas amables: “Eres valioso”. “Tu sonrisa importa”. “Hoy será hermoso”. Luego dijo: “Mi luz es para todos”. Pegó las notas por el barrio, y el aire pareció aplaudir.

Cerca del río, su reflejo brilló como espejo nuevo. “Hola, Luz María”, dijo sonriendo. El reflejo pareció responder: “Brilla con bondad”. Ella lanzó piedritas, y las ondas llevaron luz juguetona.

Organizó una fiesta de faroles en la plaza. “Cantemos juntos”, animó. “¡Sí!”, respondió la multitud. Colgaron lucecitas, contaron cuentos brillantes, y las palmas marcaron ritmo mientras la noche encendía estrellas sobre todos.

En una esquina silenciosa oyó un sollozo. “Estoy aquí”, dijo con ternura. Su luz dibujó un corazón en la pared. Otra voz respondió: “Gracias”. El silencio se volvió abrazo tibio alrededor.

De pronto, nubes cubrieron el cielo. “Puedo brillar por dentro”, se recordó. Caminó firme, compartiendo calma. La gente murmuró: “Nos guías”. Su paraguas iluminado señaló charcos seguros, y la lluvia cantó suave.

Llegó su día especial. “Hoy comparto mi luz con el mundo”, dijo. Encendió velitas y deseos amables. La plaza aplaudió. Globos de papel subieron como luciérnagas, llevando mensajes de cariño por encima.

Al anochecer, las estrellas respondieron. “La bondad es mi lámpara”, prometió Luz María. Todos agitaron manos: “Gracias, Luz María”. Ella sonrió, tranquila. Y su hermosa luz siguió iluminando corazones, hoy y siempre.